Después de 3 días en Lima ponemos rumbo a Huaraz, una localidad de cien mil habitantes a 3000 metros de altitud. En pleno Parque Nacional de Huascarán, esta ciudad es cuartel general para los amantes del trekking y el montañismo.
Aconsejados por otros viajeros, nos alojamos en El Tambo, un hostel mochilero a más no poder que está casi siempre lleno, a pesar de que su único medio de difusión es el boca a boca. Por 10 soles al día (2,60€) dispones de una habitación compartida de 5 personas, 2 cocinas, buen WIFI, y agua caliente* (con asterisco jajajajaja a veces, si hay más gente usando el agua sale templadita). Lo mejor del hostel... su gente,en gran mayoría mochileros que viven de la artesanía, la música, o que se quedan a trabajar por un tiempo en los múltiples locales donde se ofrece trabajo [Aquí se precisa mucha mano de obra, que sea bien pagado ya es otra cosa]. Muchas de las noches, después de cenar, cantamos y bailamos canciones, de Sabina a Calamaro pasando por el folklore latioamericano.
La verdad que habría podido disfrutar un poco más mi estancia si no me hubiese entrado una diarrea brutal. El primer día, después de la recepción y un día de risas me empiezo a sentir mal por la tarde-noche. A las seis de la tarde me meto en la cama con un frío espantoso. Ni un saco de dormir y dos mantas encima eran suficientes para calentarme. Poco a poco pasé de estar encogido en posición fetal calentando mis manos, a lo contrario... un calor abominable. Mi mente no para de pensar y generar morralla y por cuando me tranquilizo por fin logro dormir un poco. Me levanto ya cuando todo el mundo está dormido y comienza la fiesta. No puedo parar de ir al baño cada instante... Durante toda la noche fui más de 20 veces, y otras 20 más durante el día siguiente, en el que hasta llegué a vomitar. Una intoxicación con todas las letras. Al tercer día ya salí al espacio exterior, y me mareé un poco, llevaba un par de días sin comer casi nada. Al día siguiente de tranquis por la ciudad, y al siguiente pude hacer mi primera ruta: Laguna 69, una maravilla a 4600 metros de altura y 3'5 horas de caminata ida 2,5h vuelta. Un desafío solo apto para gente con una forma física aceptable... Para mí, que vivo casi debajo del nivel del mar, fue una caminata bastante dura, ya que se nota considerablemente la altura. Un día antes de irnos de vuelta a Lima para partir a Tarapoto, fuimos al glaciar de Pastoruri, una joya a 5000m de altura donde pudimos ver los últimos reductos de un glaciar ancestral, que el calentamiento global está derritiendo poco a poco. De aquí a unos años no quedará nada. La altura final estaba 500 metros más alto que la Laguna 69 y jooooder si se notaban. Hice la caminata a ritmo de tortuga.
Aquí en la sierra se puede apreciar lo más pobre del Perú, donde la economía es absolutamente de supervivencia. La gente vive al día, quizás demasiado al día. Debido a esta economía de supervivencia no existe un concepto de estética. Desde arriba de la ciudad se puede observar la monotonía de las casas de ladrillo sin pintar, salvo una placita o dos un tanto adornadas. No hay tiempo para eso cuando la prioridad es hacer un mínimo de plata. La comida abunda, nadie se queda sin comer, aunque muchos se quedan sin vivir, avocados al trabajo de sol a sol. En las caras y los lomos de muchos pueden verse las arrugas y las jorobas de haber cargado y soportado mucho. Eso no lo he visto en Lima. Las mamitas, mujeres mayores vestidas con falda tradicional y sombrero ofrecen fruta, y productos a pie de calle, y los comercios abren non stop.
Aconsejados por otros viajeros, nos alojamos en El Tambo, un hostel mochilero a más no poder que está casi siempre lleno, a pesar de que su único medio de difusión es el boca a boca. Por 10 soles al día (2,60€) dispones de una habitación compartida de 5 personas, 2 cocinas, buen WIFI, y agua caliente* (con asterisco jajajajaja a veces, si hay más gente usando el agua sale templadita). Lo mejor del hostel... su gente,en gran mayoría mochileros que viven de la artesanía, la música, o que se quedan a trabajar por un tiempo en los múltiples locales donde se ofrece trabajo [Aquí se precisa mucha mano de obra, que sea bien pagado ya es otra cosa]. Muchas de las noches, después de cenar, cantamos y bailamos canciones, de Sabina a Calamaro pasando por el folklore latioamericano.
La verdad que habría podido disfrutar un poco más mi estancia si no me hubiese entrado una diarrea brutal. El primer día, después de la recepción y un día de risas me empiezo a sentir mal por la tarde-noche. A las seis de la tarde me meto en la cama con un frío espantoso. Ni un saco de dormir y dos mantas encima eran suficientes para calentarme. Poco a poco pasé de estar encogido en posición fetal calentando mis manos, a lo contrario... un calor abominable. Mi mente no para de pensar y generar morralla y por cuando me tranquilizo por fin logro dormir un poco. Me levanto ya cuando todo el mundo está dormido y comienza la fiesta. No puedo parar de ir al baño cada instante... Durante toda la noche fui más de 20 veces, y otras 20 más durante el día siguiente, en el que hasta llegué a vomitar. Una intoxicación con todas las letras. Al tercer día ya salí al espacio exterior, y me mareé un poco, llevaba un par de días sin comer casi nada. Al día siguiente de tranquis por la ciudad, y al siguiente pude hacer mi primera ruta: Laguna 69, una maravilla a 4600 metros de altura y 3'5 horas de caminata ida 2,5h vuelta. Un desafío solo apto para gente con una forma física aceptable... Para mí, que vivo casi debajo del nivel del mar, fue una caminata bastante dura, ya que se nota considerablemente la altura. Un día antes de irnos de vuelta a Lima para partir a Tarapoto, fuimos al glaciar de Pastoruri, una joya a 5000m de altura donde pudimos ver los últimos reductos de un glaciar ancestral, que el calentamiento global está derritiendo poco a poco. De aquí a unos años no quedará nada. La altura final estaba 500 metros más alto que la Laguna 69 y jooooder si se notaban. Hice la caminata a ritmo de tortuga.
Aquí en la sierra se puede apreciar lo más pobre del Perú, donde la economía es absolutamente de supervivencia. La gente vive al día, quizás demasiado al día. Debido a esta economía de supervivencia no existe un concepto de estética. Desde arriba de la ciudad se puede observar la monotonía de las casas de ladrillo sin pintar, salvo una placita o dos un tanto adornadas. No hay tiempo para eso cuando la prioridad es hacer un mínimo de plata. La comida abunda, nadie se queda sin comer, aunque muchos se quedan sin vivir, avocados al trabajo de sol a sol. En las caras y los lomos de muchos pueden verse las arrugas y las jorobas de haber cargado y soportado mucho. Eso no lo he visto en Lima. Las mamitas, mujeres mayores vestidas con falda tradicional y sombrero ofrecen fruta, y productos a pie de calle, y los comercios abren non stop.
Hay muchas tiendas, calles que ofrecen
productos aquí no ha llegado aún el concepto de centro comercial,
ni muchas multinacionales del consumo han metido sus garras en el
país. En muchos de los niños con los que me
he encontrado las posibilidades de elegir son muy limitadas. Me siento muy privilegiado de haber tenido la posibilidad de elegir... elegir qué quiero hacer con mi vida. Aquí el destino para gran parte de la población está escrito. De cualquier forma las perspectivas son positivas. La
demanda de personal es alta, y el país avanza a buen ritmo.Hay ciertos sectores que están en
desarrollo, por ejemplo la telefonía, que está creciendo por todos lados.
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